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La prevención ante El Niño 2026 es una oportunidad para generar empleo, blindar cadenas de suministro y asegurar la continuidad operativa de las empresas.
Marian Buraschi - Socia y Directora de Libélula
El Fenómeno del Niño es un riesgo estructural y previsible que los escenarios climáticos para el periodo 2026-2027 han vuelto a poner en la agenda de gestión de riesgos de las empresas. El ENFEN, el SENAMHI y la NOAA mantienen un monitoreo permanente del Pacífico y coinciden en la necesidad de fortalecer la preparación frente a eventos extremos. Para las empresas, el reto actual es convertir esta preparación en una oportunidad para fortalecer la resiliencia económica del país.
El Perú conoce el costo de no estar preparado. El Niño de 1997-1998 generó pérdidas superiores a los US $3,200 millones (CAF), mientras que El Niño Costero de 2017 ocasionó daños por US $3,124 millones (Macroconsult), afectando infraestructura, actividades productivas y miles de empresas.
Sin embargo, ver estos eventos solo como pérdidas es un error estratégico. La prevención puede convertirse en una herramienta de generación de empleo y fortalecimiento territorial. Programas como Llamkasun Perú y otras obras de prevención movilizan mano de obra local y dinamizan economías regionales. Según estimaciones del Ministerio de Trabajo y Promoción del Empleo (MTPE), por cada S/ 100 millones invertidos se generan entre 1,500 y 2,000 empleos temporales directos. Bajo una inversión a mayor escala, el potencial alcanzaría entre 40,000 y 60,000 puestos de trabajo en las regiones más vulnerables.
El verdadero valor de estos empleos está en las capacidades instaladas. Con certificación de competencias, los trabajadores regresan al mercado con habilidades transferibles a diversos sectores productivos. Así, la prevención deja de ser un gasto y se convierte en una inversión en capital humano.
Para las empresas, esta agenda es una decisión de negocio. En sectores como minería, energía y agroindustria, la disponibilidad de agua y la conectividad logística son factores críticos. Una carretera interrumpida o una inundación se traducen en sobrecostos y pérdida de productividad. Prepararse es una estrategia para proteger inversiones y asegurar la continuidad operativa.
La vulnerabilidad es aún mayor para las Mypes, que representan más del 99% de las empresas del país (PRODUCE e INEI). Según estimaciones de la Cámara de Comercio de Lima (CCL) y la Federación Peruana de Cajas Municipales de Ahorro y Crédito (FEPCMAC), una pequeña empresa afectada por inundaciones o interrupciones de servicios puede perder entre el 40% y el 60% de su capital de trabajo mensual en apenas una semana. Fortalecer la prevención significa proteger proveedores, empleo y economías locales.
Las soluciones deben responder a la geografía. Mientras en el norte la prioridad está en drenajes y defensas ribereñas, en regiones como Puno, Cusco y Junín el foco debe estar en reservorios y siembra de agua para enfrentar el estrés hídrico.
La resiliencia no se improvisa durante la emergencia; se construye con visión de largo plazo. La inversión en prevención es hoy una estrategia capaz de transformar los riesgos climáticos en empleo, capacidades y continuidad operativa. La pregunta para las empresas ya no es si deben prepararse para un futuro más incierto, sino quiénes liderarán la agenda de resiliencia que definirá la competitividad del Perú en los próximos años.
Publicada en el Diario Gestión